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Igualdad: historia de una idea esquiva – McMahon, D. (Ed. Paidós,  Barcelona 2026)

26 febrer 2026

El concepto “igualdad” se habría originado en las sociedades prehistóricas para mantenerse presente a lo largo de la historia. El extenso trabajo de documentación y análisis de Darrin McMahon acredita, en buena medida, este enfoque. Sin embargo, durante la mayor parte del tiempo, esta “igualdad” se puede describir en la forma expresada por el clásico aforismo: “Todos los animales somos iguales, pero hay unos animales más iguales que otros” (Animal Farm, 1945- George Orwell).

En tiempos recientes, habitualmente se describe el concepto “igualdad” en oposición a “desigualdad”. Y se pone todo el esfuerzo en acreditar esta última. El impresionante trabajo de investigación y de construcción intelectual de Thomas Piketty se ha centrado en esta línea. Sin embargo, la igualdad no se limita ni a las capacidades materiales ni a los derechos políticos o a la posición de los ciudadanos frente a la ley.

La idea de igualdad, y con ella la de libertad –indisolublemente– asociada, lleva siglos expresándose bajo la forma: “Todos los hombres nacen iguales por naturaleza” (San Gregorio Magno, Papa, siglo VI), “todos los hombres son creados iguales” (Thomas Jefferson, padre de la independencia y tercer presidente de los Estados Unidos, siglo XVIII). Esta igualdad imaginada se ha entendido de aplicación universal (hombres, mujeres, blancos, negros, orientales, etc.) solo de forma tardía (siglo XX). Durante toda la historia anterior, la igualdad se ha aplicado de forma segmentada (todos los aristócratas y monarcas se reconocían como iguales entre sí, independientemente de su éxito o fortuna) y, en ocasiones, se ha confundido con la eliminación de la disimilitud o diferencia.

Esta identificación de la igualdad con la uniformidad ha conocido distintas etapas de expansión. La igualdad nacional y de raza de los movimientos fascista y nazi se caracteriza por una crítica de la heterogeneidad. De la misma manera que la promoción de la igualdad, amparada por el marxismo-leninismo, derivó en su fusión con la uniformidad bajo los regímenes estalinistas y maoístas.

También han coexistido, durante extensos períodos, la ambivalencia ante la desigualdad cuando esta se daba entre individuos de distinta jerarquía o estatus. Una muestra de la diversidad de aproximaciones y usos de las ideas de igualdad derivadas de distintas respuestas a la pregunta ¿Quiénes son iguales y quiénes no? El recorrido histórico que nos propone McMahon ilustra de qué forma muchas interpretaciones de la igualdad han sido congruentes con las distintas jerarquías y las exclusiones.

Estas cinco ideas principales (igualdad/desigualdad, igualdad + diferencia, ambivalencia frente a la desigualdad, diversidad de aproximaciones a la igualdad y las distintas interpretaciones de la misma) sirven al autor para desplegar once figuras retóricas, en sucesión cronológica, a través de las cuales profundizar en la exploración del concepto de la cabecera del libro.

Por último, McMahon nos propone que la igualdad imaginada y su conexión con la justicia no son un valor estrictamente occidental, a pesar de reconocer que la politización de este enfoque nace en Occidente.

Las once figuras retóricas que sirven de título a los principales capítulos del libro son las siguientes:

Inversión

De la pirámide del poder en las sociedades primitivas de cazadores-recolectores. Sus dirigentes dependían totalmente del conjunto de los miembros de la sociedad. En las mismas, aquellos miembros que destacaban por sus habilidades o mejor fortuna eran castigados por el conjunto si presumían en exceso de su éxito. Una idea que se ha visto desarrollada en múltiples tradiciones religiosas y sistemas filosóficos. Darrin MacMahon alcanza sus conclusiones sobre esta etapa a partir de los escasos rastros arqueológicos y la extrapolación de los comportamientos observados en grupos contemporáneos de grandes primates o de sociedades cazadoras-recolectoras aisladas contemporáneas.

Pérdida

Con la llegada de las primeras sociedades de agricultores aparecen las primeras figuras de reyes-dioses. Y con ellas los primeros ejércitos y tradiciones religiosas. En estas sociedades se pierde la inversión jerárquica presente en la etapa anterior. Aparece el mito de los paraísos perdidos. Un mito que no es exclusivo de las religiones abrahámicas. También está presente en otras tradiciones religiosas, de carácter axial, aparecidas en épocas próximas (jainismo, budismo, hinduismo…). Es en esta etapa cuando se da el mayor nivel de desigualdad (tanto económica como jurídica) conocida. Tanto la esclavitud como la esclavitud doméstica de la mujer se generalizan durante este período.

Comunidad

El paso de los dioses-reyes a los gobernantes al “servicio” de unos ideales superiores para gobernar al resto de los humanos viene acompañado de algunas ideas de redistribución y de limitación a la acumulación de riquezas. Aparecen algunas de las ideas, con vocación universalista, que nos han acompañado hasta el presente: igualdad básica de derechos entre todos los seres vivos (Zhuangzi-taoísmo), la ciudad ideal (Platón). Sin embargo, las tradiciones axiales están al servicio de reforzar las jerarquías.

Justicia

Representada como una balanza equilibrada de dos platos, la justicia explicada por Heródoto responde a la combinación de dos conceptos: Isegoría (o derecho de igualdad en la participación política) e Isonomía (o derecho de igualdad ante la ley). Ambos engloban la idea de igualdad y, por lo tanto, de justicia. En la época de la proclamación de las leyes de Solón en Atenas (el momento culminante de la democracia ateniense), los esclavos representaban el 40% de los habitantes de la polis. Descontando a las mujeres y los atenienses menores de edad, la igualdad democrática solo alcanzaba a un máximo del 20% de la población total. Interesante la idea de la aparición de la “clase media” (metrioi/mesoi), propietarios de entre el 35% y el 45% de la tierra ateniense y columna vertebral de la ciudad y de su ejército. Aparece una cierta idea de tributación progresiva. La igualdad estaba limitada y circunscrita a los ciudadanos atenienses.

Recuperación

En los albores del cristianismo, la recuperación de la igualdad natural alcanza incluso la simbología más básica. Un triángulo equilátero es la representación de las tres personas que integran a Dios (El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo) ocupando cada encarnación una de las caras idénticas del triángulo. Las palabras contenidas en la epístola de Pablo de Tarso a los Gálatas aclaran que Jesús ha borrado la diferencia entre judíos y griegos, entre dueños y esclavos, entre hombres y mujeres. Este llamamiento radical a la igualdad tiene un escaso eco político a pesar de la aparición, en la legislación romana, del derecho civil  –diferenciado del derecho público– que trata de la igualdad (entre pares) incrustada en un entorno profundamente desigual. En palabras de Domicio Ulpiano (insigne jurista del siglo III, consejero del emperador Caracalla e instigador de la ampliación de la ciudadanía romana a todas las personas del Imperio) “En derecho natural todos los hombres son iguales y han nacido libres”. Los esclavos no eran personas y las mujeres no eran, obviamente, hombres.

El pecado (o pérdida de la virtud original) tiene un papel fundamental en la explicación de la desigualdad factual entre las personas. Esta cuestión resulta fundamental para entender por qué el impulso de la Reforma protestante no alcanzó, de forma más radical, a impulsar la recuperación de la igualdad original del paraíso perdido. La igualdad natural dependía del plan de Dios y no se reconocía la redención como camino para recuperar ese estado igualitario previo. Pero algunos autores, como John Lilburne en su The Freeman’s Freedom Vindicated 1646 (La reivindicación de la libertad del hombre libre), se oponían a estos planteamientos deterministas. Su visión niveladora de la sociedad hace que algunos autores le atribuyan la construcción de las bases del igualitarismo contemporáneo. También corresponde a esta etapa la idea de que la autoridad solo es legítima si se reconoce por libre consentimiento. William Hubbard se preguntaba: «Si la igualdad existe al nacer y al morir, por qué no se reconoce durante el tránsito terrenal?

Fraternidad

Quizás el símbolo más evidente de la igualdad en la época de la Ilustración sea la escuadra -plomada del albañil y el carpintero. El instrumento definitivo para medir la igualdad y el equilibrio. Un símbolo integrado en el sello original de los Estados Unidos de América junto con la máxima expresión de la amistad fraternal: “Et pluribus unum” (todos juntos hacemos uno). Estamos en la etapa que se pretende pasar del hombre jerárquico al hombre igual. Se disuelven las diferencias entre aristócratas, burgueses y profesionales de éxito (abogados, médicos, militares…). Incluso la naciente industria de la moda ayuda a difuminar las diferencias, en el vestuario, entre los “iguales” descritos en la frase anterior. Pensadores como Jean-Jacques Rousseau, Georges-Louis Leclerc o Adam Smith plantean que todos los hombres pertenecen a la misma especie y, por lo tanto, son iguales. Smith no se deja arrastrar por el igualitarismo radical y contrapone la prosperidad, aunque desigual, a la pobreza igualitaria, situación en la que describe a los nativos americanos. Se da en esta época la recuperación de un republicanismo igualitario “clásico” (el ateniense) tan inexistente como la blancura atribuida a los monumentos arquitectónicos de la misma época. Aparecen, sin embargo, ideas relevantes como la expresada por Samuel Adams (1748) la libertad nunca podrá subsistir sin igualdad. El texto de Mary Wollstonecraft “Vindicación de los derechos de la mujer” (1792) tuvo un fuerte impacto intelectual, a pesar de que la autora resulta más conocida por la novela Frankenstein.

Nivelación

La proclamación de la primera “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano” consagra, por escrito y con abundante detalle, algunos de los atributos de la igualdad cultivados, en el mundo de las ideas, durante las etapas anteriores. Esta declaración, instrumental en las primeras etapas de la Revolución Francesa, desemboca en un enorme esfuerzo de nivelación social que desborda las intenciones de sus promotores originarios. El corte de cabezas, con la ayuda de la guillotina, es una poderosa imagen del alcance de esa nivelación. A pesar de que la “Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana”, impulsada por la activista Olympe de Gouges, no obtuvo la misma resonancia que la anterior declaración, sirvió para sentar las bases del futuro movimiento sufragista y ayudó a cimentar los derechos de participación política de las mujeres. Otra consecuencia de la Revolución Francesa fue la generalización de la prohibición formal del comercio de esclavos. Como en el caso de los derechos de las mujeres, la igualdad de derechos de los antiguos esclavos y de sus descendientes aún tardó más de un siglo en alcanzarse.

Ilusión

Superados los efectos sociales y económicos de las guerras napoleónicas, nació en Europa un conjunto de ideas radicales en torno a la igualdad económica, social, política, jurídica y, ahora sí, sin distinción teórica por motivos de raza (sic), sexo o religión. Los distintos movimientos socialistas, anarquistas y comunistas contribuyeron a difundir la ilusión de una igualdad real al alcance de la mano derivada de la articulación política y sindical de la sociedad. Las distintas insurrecciones y rebeliones inspiradas por estas ideas (notablemente la Comuna de París de 1871 y la revolución rusa de 1917) sirvieron para cimentar estructuras y partidos políticos que siguen existiendo en nuestros días.

Dominio

Al desastre socioeconómico y político de la Primera Guerra Mundial, combinado con las tensiones en los imperios coloniales francés y británico, le siguió la aparición de los movimientos políticos que identificaban la igualdad con la uniformidad (fascismo, nazismo, estalinismo…) y que determinaron el período de entreguerras, sentando las bases de una nueva conflagración mundial. A destacar que fue en el año 1900 cuando las mujeres de Nueva Zelanda obtuvieron el derecho a voto. En la actualidad, de entre aquellos países en los que ese derecho existe, solo en la Ciudad del Vaticano se sigue practicando la discriminación sexual en el derecho a la participación política.

Equilibrio

De la Segunda Guerra Mundial, las sociedades no salieron más fuertes, sino con la percepción clara de que no se podía volver a repetir una conflagración bélica que había llevado a la humanidad al borde de la catástrofe definitiva. El uso de las primeras bombas nucleares confirmó la necesidad de dotarse de instituciones multilaterales de gobernanza colectiva que canalizaran los espacios de cooperación necesaria y evitaran los conflictos bélicos generalizados. En este contexto adquirió una especial relevancia la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ratificada en 1948, que sirve de marco de referencia para la valoración de su aplicación en los distintos países miembros de las Naciones Unidas. Esta declaración forma parte del acervo jurídico de la Unión Europea y, con ello, adquirió valor de ley. Esta etapa de la historia de la igualdad ha servido también para equilibrar parcialmente la desigualdad económica. Especialmente en el interín de los países miembros de la OCDE. Algunos economistas califican el período como la Gran Compactación por la reducción de la desigualdad hasta niveles nunca conocidos antes.

Sueño

El concepto básico del discurso del Rdo. Martin Luther King, en el mall de Washington D. C. el 28 de agosto de 1968, es seguramente el momento culminante en la construcción de los marcos contemporáneos de igualdad social y política. Incluyendo, por fin, tanto a las mujeres como a los hombres no blancos en las ecuaciones de la igualdad. Pero si bien no fue un sueño, sí que fue parcialmente efímero. El neoliberalismo de Thatcher-Reagan contribuyó eficazmente, a partir de los años 80, a destruir las bases keynesianas de la reducción de la desigualdad económica durante casi cuatro décadas.

Conclusión

A pesar de los notables avances del último siglo, en el paso de la igualdad ideal a la igualdad real en lo económico, lo político, ante la ley y en la sociedad, los efectos del neoliberalismo empiezan a pesar en la estructura económica y social de un mundo globalizado. El aumento del comercio internacional ha servido para disminuir las desigualdades económicas en los países de fuera de la OCDE. Pero en estos últimos, con particular intensidad en Estados Unidos, la desigualdad vuelve a crecer con fuerza. Alcanzando niveles propios de la era de los reyes-dioses.

Autores como Joseph Stiglitz, Branko Milanovic o el ya citado Thomas Piketty nos avisan, con fundamento, del riesgo colectivo de la actual concentración de riqueza en el 1% (incluso en el 0,1%) de los más ricos del planeta. Este grupo de personas ya tiene en la actualidad una vida separada del resto de la sociedad y se encuentran en una situación de poder prescindir de la mayoría de nosotros.

C.V.M.

Darrin McMahon (California, 1965). Historiador especialista en la historia de Francia y actual profesor de la cátedra Mary Brinsmead Wheelock en el Dartmouth College (Connecticut). Su primer libro, Ennemies of the Enlightenment: the French Counter-Enlightenment and the Making of Modernity lo situó en la categoría de historiador-divulgador. Un espacio que ha continuado cultivando con títulos como Happiness: A History (2006) o el libro aquí comentado. Probablemente su trabajo más ambicioso.